
Recientemente tuve la oportunidad de ver un documental llamado “Happy”, que en español quiere decir “Contento”. Son varias historias centradas en uno de los tesoros más anhelados en la vida: la felicidad. Allí aparecen personas que después de la adversidad dicen haber conseguido internamente lo que por mucho tiempo buscaron en el exterior. También cuentan de familias que viviendo en medios rurales, dentro de una gran sencillez han conseguido las alegrías que parecen escasear en medio de la competencia y la voracidad urbana.
Pero de todas las historias, la que me quedó resonando en la imaginación fue la de Bután. Un país guiado por los preceptos budistas, ubicado en el sur del Asia, al lado este del Himalaya. Allí el gobierno ha considerado que una de las necesidades funtamentales de la nación es la creación y preservación de la felicidad. Como esta, dentro de su visión, no está necesariamente vinculada con el progreso económico, en ciertos escenarios han llegado a sacrificar el desarrollo de proyectos lucrativos en aras de la felicidad de los butaneses, como lo fue la decisión de no desocupar y devastar áreas residenciales donde los habitantes conviven en armonía con la naturaleza.









